Tocad la trompeta…¿o no?
Gracia y paz en nuestro Señor y Salvador.
“Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro” (Mateo 6:17). Un principio para interpretar las Escrituras es no leer un pasaje de forma aislada, sino más bien considerarlo en el contexto de otros pasajes sobre el mismo tema.
En el Evangelio del Miércoles de Ceniza, el Señor habla del ayuno. Para entender lo que dice aquí, debemos considerar lo que dice la Palabra inspirada no sólo sobre el ayuno, sino también sobre la limosna y la oración, que también se mencionan en Mateo 6. Este es, de hecho, el capítulo de Mateo en el que encontramos el Padrenuestro.
“Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto” (Mateo 6:3-4).
“Mas tú, cuando ores, entra en su aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto” (Mateo 6:6).
Entonces, ¿Debemos practicar nuestra fe sólo en secreto? No, porque las Escrituras también nos llaman al arrepentimiento y a la confesión pública, ejemplo, Hebreos 10:24-25.
En la tradición judía, el ayuno era una práctica común, a menudo asociada con el duelo, el arrepentimiento y la búsqueda de la intervención divina. El Día de la Expiación (Yom Kippur) era un día de ayuno obligatorio para los israelitas. En nuestra lectura del Antiguo Testamento (Joel 2:12-19), el profeta advirtió del juicio de Dios en forma de una plaga de langostas que devorará los cultivos. El propósito de Dios en el envio de este desastre fue para obrar el arrepentimiento en su pueblo, para que pueda recibir perdón. En vista de la inminente plaga, Joel insta el pueblo al ayuno público para arrepentirse de su pecado y a volverse al Señor, con la esperanza de que él puede aún ceder y detener el desastre. Todo el pueblo, desde los infantes hasta los ancianos, debe reunirse, todas las festividades alegres deben cesar, los sacerdotes deben llorar y orar.
“Tocad trompeta en Sion, proclamad ayuno, convocad asamblea. Reunid al pueblo, santificad la reunión, juntad a los ancianos, congregad a los niños y a los que maman, salga de su cámara el novio, y de su tálamo la novia” (Joel 2:15-16).
Pero note la insistencia en un arrepentimiento sincero y completo. El rasgarse las vestiduras, como el vestirse de cilicio y sentarse sobre ceniza (Jonás 3:1-10), era un símbolo externo de arrepentimiento. La práctica del ayuno no es obligatoria para los cristianos, pero tampoco está prohibido realizarlo como una expresión de humildad y dependencia de Dios. En tiempos pasados, el ayuno era una práctica muy difundida en muchas iglesias, también luteranas, en especial antes de ir a la Santa Cena. Ahora ha caído en desuso, incluso entre católicorromanos. Sin embargo, los discípulos de Jesús acostumbraban ayunar, porque un estómago hambriento nos recuerda nuestra condición de seres mortales.
Nuestro Señor mismo ayunó durante 40 días y 40 noches. No criticó los actos externos en Mateo 6, sino los falsos motivos que tenían los fariseos, no sólo para el ayuno, sino también para la oración y la limosna. Asimismo, la imposición de cenizas es útil como expresión de sincero arrepentimiento y fe.
El ayuno, como la oración o la limosna, puede ser practicada como un meritorio ejercicio religioso (Lucas 18:12). El hacer del ayuno en esta manera es para hacer un espectáculo público que no merece ningún recompensa de Dios. Al contrario, el ayuno debe ser una expresión de tristeza por el pecado que urge el hombre a orar, y por ellos, hablar con Dios desde lo profundo de un corazón arrepentido. Entonces, nuestro Señor dice, en el caso de la limosna, “Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa” (Mateo 6:2).
San Pedro, en nuestra epístola (2 Pedro 1:2-11), enumera algunos de los maravillosos dones de Dios, tal como los disfrutan los cristianos. Es Dios, cuyo poder divino, actuando a través del Evangelio, nos ha dado libremente, nos ha donado, todo lo que nos sirve y nos ayuda en la nueva vida espiritual, tal como se manifiesta en la piedad. Su gracia y misericordia son tan plenas y completas que no falta nada que pueda servir a nuestras necesidades espirituales. Dios nos regaló todos estos maravillosos dones al obrar en nosotros el conocimiento salvador de sí mismo, cuando nos llamó a través del Evangelio. La fe es la raíz de la que proceden todas las virtudes y buenas obras como ricos frutos de la espiritualidad. Esto, a su vez, se muestra en el adecuado autocontrol, no un mero producto del temor y la sumisión servil a la autoridad, sino el gobierno voluntario y deliberado del cuerpo y todos sus miembros, y de la mente y todas sus facultades, de acuerdo con la voluntad de Dios.
Señor, oramos por nosotros mismos a fin de que durante esta Cuaresma lleguemos a comprender lo que tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, ha hecho por nuestra eterna salvación. Lamentamos nuestros pecados e imploramos tu gracia y perdón. Concede que siempre nos regocijemos en tu amor y hallemos fortalecimiento para nuestra vida, a fin de que podamos soportar las tribulaciones y permanecer firmes en el cumplimiento de tu voluntad. Amén.