No nos dejes caer en tentación
Gracia y paz en nuestro Señor y Salvador, Jesucristo
Como el mendigo ciego de Lucas 18:31-43, nuestro Evangelio para Quincuagésima, la mujer cananea clamó a Jesús como el Hijo de David. Este incidente también se describe en Marcos 7:24-30, donde la mujer es descrita como sirofenicia. Ella era de ascendencia cananea, pero vivía en Fenicia, que en aquel tiempo pertenecía a Siria. De todo modo, ella no era judía, pero usaba este título del Mesías judío. Esta mujer había oído hablar de Jesús, pues su fama se había extendido mucho más allá de los límites de Galilea. También conocía los libros sagrados de los judíos, o al menos su esperanza en el Mesías.
También, como el ciego, suplicó: Ten piedad de mi, Señor. La frase en griego es Ἐλέησόν με, κύριε. Este pasaje es una de las fuentes del Kirie Eleison, la oración en tres partes que sigue el Introito y el Gloria Patri en nuestra litúrgia. Esta petición se ofrece tres veces a cada persona de la Santísima Trinidad. También se encuentra en Mateo 15:25, Κύριε, βοήθει μοι (Señor, socórrerme). Además, en versículo 25, se postró ante él (προσεκύνει, prosekynei), lo cual claramente significaba adoración. Entre los judíos, este acto físico de adoración estaba dirigido exclusivamente a Jehová. Postrarse ante Jesús era reconocerlo como Jehová.
Sin embargo, nuestro Señor dice a sus discípulos, “No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.” También, a la mujer, “No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos.”
En nuestra clase de catecismo, cuando estudiamos la Sexta Petición del Padrenuestro, “No nos dejes caer in la tentación”, distinguimos entre la tentación en dos sentidos. Primero, cuando Dios pone a prueba nuestra fe para acercarnos a él. Segundo, las tentaciónes son intentos de nuestros enemigos espirituales para alejarnos de Dios y sus caminos. El domingo pasado leímos Mateo 4:1-11, la tentación de Jesús. Fue el diablo quien tentó a Jesús, pero aquí Jesús, como Dios, tienta a la mujer cananea, tal como Dios tienta a Jacob en Génesis 32:22-32. Que quiere decir, el propósito en ambos casos fue para profundizar la fe de Jacob y la mujer cananea. Pero a menudo, en la prueba de la fe, parece que Dios no escucha nuestras oraciones, o incluso lucha contra nosotros. La clave para pasar la prueba es no rendirse, sino continuar orando con total confianza en la Palabra de Dios.
Jesus dijo a la mujer samaritana en Juan 4:21-22, “Mujer, créeme que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos.” Para los judíos, Dios se había revelado no solo en la Ley, en los cinco libros de Moisés, sino también en las profecías. Todos los libros del Antiguo Testamento se leían y explicaban en las sinagogas, y los verdaderos israelitas, en consecuencia, adoraban al Dios verdadero. Los servicios en Jerusalén seguían siendo los correctos, según lo ordenado por Dios. Y la razón de esta misericordia de Dios, la razón por la que les había permitido mantener la forma correcta de adoración en Jerusalén, era porque, por su voluntad e intención, la salvación provendría de los judíos. El Mesías mismo era judío según la carne. Cuando llegó la salvación, cuando Cristo la obtuvo plenamente mediante el sufrimiento, la muerte y la resurrección, entonces terminó el tiempo especial de gracia solo para Israel; entonces la salvación se predicó en todo el mundo.
También, San Pablo dice así en Romanos 9:3-5, “Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por mis hermanos, los que son mis parientes según la carne, que son israelitas, de los cuales es la adopción, y la gloria, y los pactos, y el dar de la ley, y el servicio a Dios y las promesas; de quienes son los padres, y de los cuales vino Cristo según la carne, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por siempre. Amén.”
El apóstol expresa su amor inmenso por sus hermanos judíos. Aquí Pablo, al igual que Moisés (Éxodo 32:32), está dispuesto a dar su alma como rescate por las almas de su pueblo. Gracias a las promesas de Dios a Abraham y a los patriarcas judíos, Jesús nació en este mundo y, por lo tanto, fue enviado primero a las ovejas perdidas de su pueblo terrenal. Pero Pablo también dice así: “No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino los que son hijos de la promesa son contados por simiente.” (Romanos 9:8). La promesa a Abraham fue que a través de su familia, todas las familias de la tierra serían bendecidas (Génesis 12:3).
Parece que la mujer cananea sabía esto y se aferró a la promesa de gracia para todas las naciones. “Y ella dijo: Sí, Señor, mas los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores. Entonces respondiendo Jesús, le dijo: ¡Oh mujer, grande es tu fe! Sea hecho contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.” Como Jacob, la mujer luchó con Dios y venció.
El envío de Jesús a Israel no excluyó que mostrara gracia a los paganos y recibiera a quienes acudían a él con fe. En su estado de humillación, su actividad profética debía limitarse al Israel según la carne. Después de ser exaltado, atraería a todos a sí mismo (Juan 12:32). No importa su nacimiento y nacionalidad, esta mujer era miembro del pueblo de Dios. Era hija de Dios por la fe en su Salvador, el Hijo de David. Como consecuencia de esa fe, en esa misma hora su hija recuperó la salud por completo.
La promesa de vida eterna en Cristo aún está disponible para todos los descendientes biológicos de Abraham que creen. Pero todos los que creen ahora son, por medio del bautismo, herederos de Abraham. La iglesia es ahora el verdadero Israel. En virtud de nuestro bautismo, también podemos clamar: «Señor, ten piedad de nosotros, Cristo, ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad de nosotros». Amén.