Habiendo dado gracias, los repartió el pan
Gracia y paz en nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
La alimentación de los 5.000 es el único milagro de Jesús descrito por los cuatro evangelistas. Pero Juan tiene un propósito especial al relatar este milagro, al que llama una señal. “Y estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos.” Esto nos informa que esto ocurrió justo un año antes de la crucifixión y muerte de Jesús. En ese momento, Jesús se encontraba en el apogeo de su ministerio en Galilea, pero a partir de ese momento, su rechazo se intensificó.
Esta es la única fiesta de la Pascua de las seis mencionadas en el Evangelio de Juan en la que no se describe a Jesús peregrinando a Jerusalén ni ya en ella; más bien, se encuentra en la zona del Mar de Galilea. La institución de la Pascua se encuentra en Éxodo 12, Levítico 23 y Deuteronomio 16. La primera Pascua fue el medio por el cual el Señor liberaría a su pueblo de la esclavitud de Egipto, pero más específicamente de su esclavitud a los dioses egipcios, para que el Señor morara con ellos y los liberara para el servicio divino. Después de esta Pascua inicial, cada celebración subsiguiente debía ser una fiesta de peregrinación.
En Números 9, Moisés identifica dos razones para no celebrar la Pascua: 1) porque una persona se contamina ritualmente al tener contacto con un cadáver, o 2) porque se encuentra en un largo viaje. Sin embargo, esto no significa que nunca celebren la Pascua; más bien, deben celebrarla un mes después. Esta Pascua, a diferencia de la Pascua regular, llegó a llamarse la Segunda Pascua o la Pequeña Pascua. Esto explicaría la falta de peregrinación de Jesús a Jerusalén, pues la observancia de la Segunda Pascua habría sido innecesaria si ya hubiera observado la primera (Juan 2:13).
Según Éxodo 12 y Levítico 23, la Fiesta de los Panes sin Levadura se celebra inmediatamente después de la Pascua y dura siete días. El día después del primer día de Pascua se celebra la acción de gracias por la cosecha de cebada, como se ordena en Levítico 23:11. La ofrenda del primer maná coincide con la observancia de la Segunda Pascua, según Éxodo 16:1. Estos hechos pueden añadir significado a los cinco panes de cebada que Jesús multiplicó para alimentar a los cinco mil, la quinta de las señales milagrosas de Jesús se encuentran el evangelio según San Juan. Juan menciona dos veces que los panes eran de cebada, versículos 2 y 9.
De la asociación de la Pascua y el pan de cebada surgen paralelos con la figura de Moisés y con el pan de cielo que usó para alimentar a los israelitas en el desierto. Como Moisés, una gran multitud siguió a Jesús, y como Moisés, Jesús subió una montaña. “Y Jesús tomando los panes, habiendo dado gracias (εὐχαριστήσας, eucharistēsas), los repartió a los discípulos…” (Juan 6:11). Encontramos el mismo verbo, εὐχαριστήσας en las palabras de la institución de la Santa Cena (Mateo 26:27; 1 Corintios 11:23-24). Por lo tanto, otro nombre para la Santa Cena es Eucaristía. Además, en Juan 6:35, tenemos la primera de las famosas declaraciones del Señor que comienzan con las palabras, Yo soy. “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.”
“Y cuando se hubieron saciado, dijo a sus discípulos: Recoged los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada. Recogieron, pues, y llenaron doce cestas de pedazos, que de los cinco panes de cebada sobraron a los que habían comido” (Juan 6:12-13). Juan menciona este detalle para establecer la conexión entre la alimentación de cinco mal y la Eucraristía. En ambos casos hay una multiplicación milagrosa. En la alimentación de cinco mil, cinco panes de cebada y dos peces son multiplicados para alimentar a una multitud. En la Eucaristía, el cuerpo de Jesús se multiplica para alimentar la fe de millones de personas alrededor del mundo en miles y miles de celebraciones. Los pedazos de pan recogidos en las doce canastas simbolizan el pan que perdura para siempre.
Sin embargo, los cristianos no debemos tomar por sentado las bendiciones materiales y espirituales con las que el Señor nos ha demostrado su misericordia. De los cuatro Evangelios, solo Juan da el motivo que impulsó a la multitud a correr por la orilla norte del mar de Galilea para llegar hasta Él. Estaban fascinados por sus señales. Cuando el pueblo vio la señal que Jesús había realizado, comenzó a decir: “Este hombre es verdaderamente el Profeta que había de venir al mundo”. En un sentido, la multitud en Galilea interpreta bien la señal del pan. Moisés antes de morir había profetizado que, después de su muerte, Dios enviaría a otro profeta como él (Deuteronomio 18:15). A su debido tiempo, se presentaría a la nación como el verdadero Rey prometido de Israel. Pero este intento fue una aclamación que tuvo que rechazar.
Fíjate, el cuarto evangelio no habla directamente de la tentación de Jesús en el desierto. Pero, Juan relata como Jesús experimentó las tentaciones del diablo en su ministerio terrenal por medio de instrumentos humanos. En la primera tentación Satanás desafía a Jesús a convertir las piedras en pan. En Juan 6:27, Jesús le dice a la gente, “Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a a vida eterna perece, la cual el Hijo del Hombre os dará.” En Juan 7:1-5 el evangelista nos da su version de la tentación en la cual Satanás lleva a Jesús al pináculo del templo y le dice que se tire abajo. Los hermanos de Jesús lo retan a que vaya a Jerusalén para hacer grandes señales de todo el mundo. Jesús también rechaza esa tentación.
En el evangelio de hoy, la gente se equivocaron al suponer que Jesús, al igual que Moisés, podía ser un líder en la lucha armada contra los opresores del pueblo. Este pasaje corresponde a la tentación de conquistar el mundo por la fuerza. El evangelista en este texto presenta a Jesús como un nuevo Moisés que ha venido a dirigir a su pueblo en un nuevo éxodo, pero este éxodo no se realizara en base a una lucha armada contra Roma, sino en base el sacrificio del verdadero cordero pascual que morirá por los pecados del mundo. Por medio de este sacrificio podrán en la Jerusalén celestial todos aquellos que creen en él como el verdadero pan de vida y como el verdadero cordero pascual.
En Gálatas 4:21-31, San Pablo se refiere a la iglesia como la Jerusalén espiritual. La Iglesia es la verdadera madre de todos los creyentes dispersos por la tierra, que comparten el mismo Evangelio, la misma fe en Cristo, el mismo Espíritu Santo y los mismos Sacramentos. Dios ha dado a su Iglesia en la tierra los medios de gracia para que todos los creyentes los usen y se los distribuya diariamente. En apoyo de esta explicación, aparentemente audaz, el apóstol cita Isaías 54:1: “Alégrate, tú, la estéril que no das a luz; prorrumpe en júbilo, tú que no estás de parto; porque son muchos más los hijos de la desolada que de la casada”. Esta es una promesa profética dada a la Iglesia del Nuevo Pacto, que se cumplirá en el tiempo del Mesías. El contraste que plantea el profeta es el que existe entre la iglesia de la Ley, fértil y numerosa, es decir, que creía ser la única verdadera esposa del Señor, que solo sus hijos eran el pueblo peculiar de Dios, y la Iglesia del Evangelio, de la promesa evangélica, que, como verdadera esposa de Cristo, ha engendrado una gran cantidad de descendientes de todo pueblo, nación y lengua; es decir, la comunión de creyentes y santos. Esta profecía permanecerá vigente hasta el fin de los tiempos; mientras tanto se predicará el Evangelio, por cuyo poder nacen las personas de manera espiritual.
Jesús no alimenta en el desierto de este mundo, para refrescarnos y fortalecernos, a fin de que lleguemos con él a la Jerusalén celestial. Podemos confiar en él para nuestras necesidades materiales y espirituales. Por lo tanto, toda la vida del cristiano debe ser una Eucaristía o acción de gracias.
Todopoderoso y eterno Dios, que por tu Hijo nos ha dado el perdón de nuestros pecados y la promesa de la vida eterna: Rogámoste que de tal modo instruyas y dirijas nuestros corazones tu Espíritu Santo, que en nuestras necesidades cotidianas, y especialmente en momentos de tentación, busquemos su ayuda, por una fe viva y sincera en tu Palabra la obtengamos. Amén.