El que no es conmigo, contra mí es
Gracia y paz en nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
El primer domingo de Cuaresma, leí sobre la tentación de Jesús por el diablo (Mateo 4:1-11). En el Evangelio del segundo domingo, Mateo 15:21-28, Jesús demostró una vez más que era más fuerte que el diablo al expulsar un demonio de la hija de una mujer cananea. Del Nuevo Testamento se desprende claramente que el diablo es real y que, aparte de Cristo, sus ángeles tienen el poder de afligir a las personas física y espiritualmente.
Aprendemos de nuestro estudio del Credo de los Apóstoles que hay dos clases de ángeles: ángeles buenos y ángeles malos. Los ángeles buenos son seres espirituales santos y poderosos, ya confirmados en la bienaventuranza, que alaban a Dios y ejecutan sus mandatos en servicio a los hombres. Los ángeles malos son los espíritus rebeldes, enemigos de Dios y del hombre y desechados para siempre. Su príncipe es Satanás.
Es cierto e innegable que Satanás se apodera del corazón y la mente del hombre, lo ciega espiritualmente, lo mata y lo convierte en enemigo de Dios. Obra constantemente en los hijos de la incredulidad y también aprovecha toda oportunidad para herirnos y dañarnos en nuestro cuerpo y en nuestras posesiones terrenales, siempre que Dios lo permita, ya sea como juicio divino o como castigo paternal.
Sin embargo, el poder sobrenatural del diablo no es igual al de Dios. Esto aprendemos en nuestra lección del Antiguo Testamento, Éxodo 8:16-21. La plaga de piojos fue más intensa que las dos plagas anteriores. Los magos del Faraón fueron capaces de imitar las señales milagrosas de Moisés y Aarón hasta este punto. “Entonces los encantadores dijeron a Faraón: Dedo de Dios (אצבע אלהים) es este” (Éxodo 8:19). La frase en hebreo corresponde al griego de Lucas 11:20: “Pero si yo por el dedo de Dios (δακτύλῳ θεοῦ) echo fuera los demonios, ciertamente el reino de Dios ha llegado a vosotros”. El término “δάκτυλος” se refiere a un dedo, parte de la mano humana. En el Nuevo Testamento, se usa tanto literal como metafóricamente. Literalmente, describe el dedo físico, mientras que metafóricamente, puede representar el poder o la acción de Dios, como se ve en la frase “el dedo de Dios”. En las antiguas culturas judía y grecorromana, el dedo se asociaba a menudo con acciones de autoridad y poder. La palabra hebrea correspondiente (אֶצְבַּע, etsba) se utiliza a menudo en contextos como la creación de los cielos (Salmo 8:3) y la escritura de los Diez Mandamientos (Éxodo 31:18).
En nuestro evangelio de hoy, Jesús expulsa a un demonio, y esta acción reveladora de su poder provoca una triple respuesta. La primera es admiración y asombro. La segunda, las acusaciones que él echa afuera los demonios por el poder del diablo mismo. La tercera, escepticismo que pide otra señal.
Respondiendo primer y primero de la segunda, Jesús también contesto a las otras. La respuesta de Jesús a aquellos cuya reacción no va más allá de un asombro momentáneo está contenida en lo que dice a una mujer de entre la multitud que llamó dichosa a la madre de Jesús. Este no es el tiempo para exclamaciones de admiración, sino la hora de oír y guardar la Palabra que en estos días postreros Dios nos hace llegar por medio de su Hijo. A los escéṕticos que piden otra señal les contesta con la promesa de la señal de Jonás, un llamado del arrepentimiento y una amenaza de juicio que caerá sobre los que se habían negado a reconocer que hay algo más grande que la revelación dada por medio del profeta Jonás y el rey Salomón en siglos pasados.
Pero, a las acusaciones que él echa afuera los demonios por el poder del diablo mismo, Jesús los advirtió que es tonto y peligroso a tratar de interpretar su poder sobre los demonios en otra manera de su victoria sobre Satanás y la venida del reino de Dios. La neutralidad no es una opción. O uno está con Jesús y contra Satanás, o con Satanás y contra Jesús. Al blasfemar a Jesús, sus adversarios cuestionan a todos los que exorcizan demonios. “El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama” (Lucas 11:23).
Además, una demostración exterior de justicia no es una defensa contra el poder del diablo. “Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo; y no hallándolo, dice: Regresaré a mi casa de donde salí.Y viniendo, la halla barrida y arreglada. Entonces va, y toma otros siete espíritus peores que él; y entrados, habitan allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero” (Lucas 11:24-26).
Nuestro Señor mismo no sólo demostró su poder sobre los demonios, se nos dice también que el Señor dio a sus discípulos poder sobre los espíritus inmundos (Marcos 6:7), y que estos expulsaron muchos demonios (Marcos 6:13). Los setenta regresaron con el informe de que incluso los demonios se les sujetaban en el nombre del Señor (Lucas 10:17); y Cristo dio a sus discípulos la promesa final, antes de su ascensión: «En mi nombre echarán fuera demonios» (Marcos 16:17). La sanidad de los endemoniados implicaba más que eso. Significaba, en realidad, que las personas estaban poseídas por espíritus malignos que las atormentaban de alguna manera peculiar, las enfermaban, les hacían hacer y decir cosas que de otro modo no habrían pensado, y de otras maneras descargaban su rencor sobre ellas, y que Jesús expulsó a estos espíritus.
Pero aún más poderosa que la autoridad para exorcizar demonios en el nombre de Jesús es la autoridad para bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Este es el gran exorcismo. Todos los que no han recibido la nueva vida en Cristo están esclavizados por Satanás. Pero en el Bautismo, el Señor nos libera del poder del pecado y del diablo. El Espíritu Santo en el bautismo nos hace hijos de la luz. Pero, como dice San Pablo en nuestra epístola, Efesios 5:1-9, como hijos de la luz no podemos seguir andando en tinieblas.
Con el amor que se muestra en las vidas de los cristianos se debe combinar la santidad y la pureza. Los hijos de la luz evitan las obras de las tinieblas. Los pecados que el apóstol, por ejemplo, acababa de mencionar como vicios que debían ser aborrecidos, ellos los consideraban como gozos y pasatiempos inocentes. En particular, los que participan en prácticas de ocultismo y en otras artes satánicas se convierten en aliados de las fuerzas espirituales que se oponen al único y verdadero Dios.
Autor y protector de nuestra fe, gracias por la presencia y asistencia de tu Espíritu Santo que tu has dado por medio del bautismo. Por el conocimiento que nos brindas en tu Palabra para cuidarnos del engaño y las artimañas del diablo, protégenos de las malas influencias de este mundo. Mantennos alerta a los engaños que hay detrás de las cosas y de algunas personas y protégenos del mal. En Cristo Jesús. Amén.