7 marzo, 2026

Gracia y paz en nuestro Señor y Salvador, Jesucristo

Parece que existe una gran controversia hoy en día en la iglesia de Roma sobre el uso continuado de la misa en latín. Los tradicionalistas prefieren a la Forma Extraordinaria o la misa en latín. Los progresistas quieren prohibir por completo el uso de la misa en latín en favor de la Forma Ordinaria o Novus Ordo, que se ha convertido en la liturgia más utilizada en la iglesia romana desde el Concilio Vaticano II de 1962-1965.

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500 años de la misa en la vernácula.

¿Qué deben pensar los luteranos confesionales de esta disputa? ¿Acaso la Reforma no se centró en traducir la Biblia y el orden del culto del latín a la lengua del pueblo? Traducir las Sagradas Escrituras para que todos pudieran leerlas en sus lenguas maternas fue un objetivo primordial de los reformadores, cierto, pero cuando se trata del culto público, la cuestión se complica. Los reformadores no tenían nada en contra del latín y, de hecho, mantuvieron gran parte de la liturgia en latín. Les preocupaba más que todos comprendieran los aspectos clave de la predicación y la administración de los sacramentos, que la Palabra se predicara en su pureza y que los sacramentos se administraran según el mandato del Señor. Si bien es loable que la mayoría de las iglesias romanas ahora celebren la misa en lenguas vernáculas, el Novus Ordo no constituye una mejora respecto de la versión anterior de la misa, porque conserva los errores doctrinales que los reformadores condenaron y, de hecho, abre la puerta a otros nuevos.

Primero, entendamos qué se entiende por “misa”. Tanto para los luteranos como para los católicos romanos, es la ceremonia que culmina con el sacramento de la Santa Cena. La misa consta de dos ritos principales: el servicio de la Palabra y el servicio del sacramento. El primero incluye las lecturas de las Escrituras, la predicación y las oraciones. El segundo incluye la consagración del pan y el vino en el altar, y la recepción de los elementos consagrados por los fieles. El término “misa” deriva del texto en latín que indica la despedida de la congregación al final del servicio (“Ite, missa est.”). Es legítimo que los luteranos hablen de la misa, pero hoy en día solemos usar el término “Servicio Divino” para evitar confusiones entre lo que creemos y lo que la Iglesia de Roma cree sobre la misa.

La Confesión del Augsburgo, Artículo XXIV, dice así: “Se acusa a los nuestros sin razón de haber abolido la misa. Es manifiesta (lo decimos sin jactancia) que la misa se celebra con mayor reverencia y seriedad entre nosotros que entre los oponentes. Asimismo, se instruye al pueblo con frecuencia y con suma diligencia acerca del propósito de la institución del santo sacramento y respecto a su uso; es decir, que debe usarse con el fin de consolar las conciencias angustiadas. Así se atrae al pueblo a la comunión y la misa. Al mismo tiempo, también se imparte instrucción en cuanto a otras doctrinas falsas acerca del sacramento. Además, en las ceremonias públicas de la misa no se ha introducido ningún cambio manifiesto, excepto que en alguna partes se entonen himnos alemanes, junto con cánticos latinos, para instruir y aleccionar al pueblo, ya que el propósito principal de todas las ceremonias debe ser que el pueblo aprenda lo que necesite saber de Cristo.”

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Porque entre nosotros se celebran misas todos los domingos y en otros días de fiestas.

También, la Apología de la Confesión del Augsburgo, Artículo XXIV: “Para comenzar, queremos recalcar de nuevo que nosotros no abolimos la misa, sino que la conservamos y defendemos escrupulosamente. Porque entre nosotros se celebran misas todos los domingos y en otros días de fiestas, y se administra en ellas el sacramento a quienes los desean recibir, después de haber sido examinados y absueltos. Se conservan asimismo las acostumbradas ceremonias públicas, el orden de las lecciones y de las oraciones, las vestiduras y otras cosas semejantes.

“Nuestros adversarios se explayan sobre el uso de la lengua latina en la misa, y hacen resaltar con palabras hermosas pero ineptas lo mucho que aprovecha al oyente indocto, si oye siguiendo la fe de la iglesia, una misa que no entiende. Es evidente que imaginan que el mero acto de oír ya es un culto, que aprovecha aunque falta el entendimiento. No queremos hacer comentarios odiosos al respecto, sino que dejamos estas cosas al juicio del lector. Tan sólo las mencionamos para advertirle de paso que también entre nosotros se conservan lecciones y oraciones en latín. Pero como las ceremonias deben observarse tanto para que los hombres aprendan la Escritura, como para que, avisados por la palabra de Dios lleguen a tener fe y temor, y oren también – pues éstos son los fines de las ceremonias – conservamos la lengua latina a causa de los que aprenden y entienden el latín, y entremezclamos himnos en alemán para que también el pueblo cristiano en general tenga algo en que instruirse, y algo que despierta su fe y temor de Dios. Esta costumbre siempre existió en las iglesias. Pues aunque la frecuencia con que se usaban himnos en alemán era mayor en unas iglesias y menor en otras, sin embargo, el pueblo cantaba en casi todas partes algo en su propia lengua. Pero en ninguna parte está escrito o indicado que aprovecha a los hombres el mero acto de oír lecciones no entendidas o que las ceremonias les son provechosas no porque enseñen o amonesten, sino ex opere operato, por el simple hecho de que se celebran en esta forma, porque se las tiene a la vista.”

En la Europa del siglo XVI, no solo el clero, sino todas las clases cultas entendían el latín y apreciaban la belleza de la lengua. Incluso hoy, el latín forma parte del vocabulario de muchos profesionales, como científicos, médicos y abogados. Pero a medida que el estudio de la literatura latina clásica, así como de la Biblia en latín, fue abandonado incluso por la gente culta, los himnos latinos desaparecieron gradualmente del culto luterano.

La enseñanza de las Confesiones Luteranas se basa firmemente en 1 Corintios 14:1-33, donde San Pablo trata la cuestión de hablar en lenguas desconocidas en el culto público. “Porque el que habla en lengua desconocida, no habla a los hombres, sino a Dios; pues nadie le entiende, aunque en espíritu hable misterios. Mas el que profetiza, habla a los hombres para edificación, y exhortación, y consolación. El que habla en lengua desconocida, a sí mismo se edifica; pero el que profetiza, edifica a la iglesia.” (1 Corintios 14:2-4). Estas palabras suelen entenderse en relación con el habla extática, que se practicaba en muchos cultos mistéricos del mundo antiguo, como entre los pentecostales actuales. Pero también pueden aplicarse a la práctica romana de exigir o prohibir la misa completa en latín.

El propósito principal del culto público es predicar y aplicar la Palabra de Dios, para que los hombres comprendan lo que se dice y sean edificados, amonestados y consolados. La expresión pública carece de valor sin una comprensión clara. Además, Pablo añade: “Hay, por ejemplo, tantas clases de idiomas en el mundo, y ninguno de ellos carece de significado. Pero si yo ignoro el significado de lo que se dice, seré extranjero al que habla, y el que habla será extranjero para mí.” (1 Corintios 14:10-11).

La oración y el canto de la persona que habla en una lengua desconocida pueden ser muy ricos en contenido, aún así, la persona en la audiencia que no conoce su significado no sabrá de qué se trata y, por lo tanto, no podría dar su asentimiento con el familiar “Amén” tomado del culto de la sinagoga, con el cual se expresa como aceptando la oración o doxología como su confesión.

“Así que, las lenguas son por señal, no a los creyentes, sino a los incrédulos; pero la profecía, no a los incrédulos, sino a los creyentes. De manera que, si toda la iglesia se reúne en un lugar, y todos hablan en lenguas, y entran indoctos o incrédulos, ¿no dirán que estáis locos?” (1 Corintios 14:22-23).

La correcta exposición del Evangelio de salvación no solo obra y fortalece la fe, sino que también sirve como señal de la misericordia de Dios y transforma a los incrédulos en creyentes. Por ello, Pablo desaprueba el don de lenguas y su uso en los servicios públicos, porque su ejercicio no cumple el propósito de edificación.

Ahora bien, es importante entender que lo que ahora se llama misa latina no es la forma original y, de hecho, un orden luterano de la misa latina es anterior a ella. La llamada misa latina es la misa tridentina desarrollada por orden del Concilio de Trento, Italia, convocado de 1545 a 1563, y publicada en 1570. La misa tridentina fuera la norma en la iglesia romana desde 1570 hasta 1962.

Pero empecemos por el principio. Los textos sagrados del Nuevo Testamento se escribieron originalmente en una forma de griego. Se denomina koiné o griego común, porque no era la lengua elegante de la literatura griega clásica, sino la que se hablaba en las calles y mercados del mundo mediterráneo en el siglo I d. C. Para sus escrituras del Antiguo Testamento, la iglesia primitiva leía la Septuaginta, una traducción griega del texto hebreo realizada en el período intertestamentario.

El culto de la iglesia primitiva, como sabemos por las Escrituras, incluía la lectura de las Escrituras, la predicación, la Santa Cena, las oraciones y el canto congregacional (Hechos 2:42; 2 Timoteo 4:2; Colosenses 3:16). Dado que los primeros cristianos se reunían en sinagogas hasta su expulsión, podemos suponer que el culto judío en las sinagogas les sirvió de modelo. Pero sabemos por las epístolas de Pablo que la cultura grecorromana que los rodeaba también ejerció influencia. Fuera del Nuevo Testamento, encontramos el esquema básico de nuestro culto hasta el día de hoy en la Didaché, un catecismo, y los escritos de Justino Mártir en el siglo II. Las primeras liturgias, o ordenes del culto, de la iglesia se celebraban en griego y arameo, las lenguas más comunes del mundo mediterráneo. Sin embargo, algunos pueblos, como los egipcios, los etíopes, los armenios y otros, tenían liturgias en su lengua vernácula.

Sin embargo, con el paso del tiempo, varios factores que favorecieron la asimilación lingüística y cultural, como la unidad política, los viajes y el comercio frecuentes, y el servicio militar hizo que el latín fuera la lengua predominante en todo el Mediterráneo occidental.

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El impacto del imprenta de Gutenberg.

A partir del siglo III d. C., surgió una forma hablada del latín, distinta de la lengua de la literatura latina clásica. Se denominaba latín vulgar o común. Qué irónico que, dado que el latín se había convertido en la lengua del pueblo, Jerónimo de Estridón fue comisionado por el obispo de Roma para traducir la Biblia Vulgata. Comenzó en el año 382 y la completó en el 405 d.C. Jerónimo no sólo tradujo el Nuevo Testamento comparando el texto griego con traducciones latinas más antiguas, sino que también dio el audaz paso de traducir el Antiguo Testamento directamente del hebreo en lugar de hacerlo de la Septuaginta. Durante más de mil años, la Vulgata fue la traducción más utilizada de la Biblia. Fue la Biblia publicada en 1455 en la imprenta de tipos móviles de Gutenberg. Por supuesto, fue la invención de la imprenta de Gutenberg lo que hizo que la Biblia alemana de Lutero y otras traducciones estuvieran disponibles a bajo costo en toda Europa durante la Reforma.

El uso del latín como lengua litúrgica comenzó en Roma en el siglo II. Gradualmente, el latín llegó a predominar en las iglesias del Imperio Romano de Occidente. Sin embargo, ya existía una tendencia a la fragmentación. Con el paso de los siglos, el latín vulgar se dividiría en la familia de lenguas romances, que incluye el italiano, el español, el francés, el portugués y el rumano. Comenzaron a aparecer variaciones de la misa en latín. Algunas aún se permiten con ciertas restricciones por parte de la iglesia de Roma. Por ejemplo, el rito ambrosiano aún se practica en la Arquidiócesis de Milán (Italia). El rito mozárabe, practicado inicialmente por los cristianos españoles bajo el dominio arriano y posteriormente musulmán, se practica en Toledo (España) y en otras partes de España en ocasiones especiales. Entre las versiones de la misa latina que ya no están permitidas se incluyen el rito galicano de Francia y el rito sarum de Inglaterra.

Gregorio I, obispo de Roma entre el 590 y el 604 d. C., emprendió reformas destinadas a estandarizar la misa y unificar la iglesia, al menos la occidental. Su influencia fue tal que un género musical litúrgico, el canto gregoriano, lleva su nombre. Desafortunadamente, su periodo como obispo romano marcó un hito en el auge del papado. Además, fomentó la invocación de los santos, así como la veneración de sus reliquias e imágenes. Los santos, por supuesto, eran considerados personas dignas de entrar directamente al cielo después de la muerte física, en lugar de tener que purificarse en el purgatorio. Se creía que las oraciones y las buenas obras de los vivos ayudaban a las almas en el purgatorio. Gracias a Gregorio, estas ideas se incorporaron a la misa. Más tarde, en la Edad Media, otras doctrinas falsas contaminarían el culto cristiano, como la misa como sacrificio propiciatorio y buena obra, la transubstanciación y la comunión en una especie para los laicos, y las misas privadas o por los difuntos. Los reformadores luteranos se opusieron a todo esto.

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El nuevo Himnario Luterano para América Latina.

La Confesión del Augsburgo, Artículo XXI, Culto de los Santos: “Pero no se puede demostrar con la Escritura que se deba invocar a los santos e implorar su ayuda. Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre (1 Timoteo 2:5).

La Confesión del Augsburgo, Artículo XXII, Los Dos Especies en el Sacramento: “Entre nosotros se dan a los laicos ambas especies del sacramento porque éste es un mandamiento y una orden clara de Cristo: “Bebed de ella todos” (Mateo 26:27). En este texto, con palabras claras, Cristo mana respecto al cáliz que todos beban de él.”

La Confesión del Augsburgo, Artículo XXIV, “Se ha abusado de la misa de muchas maneras en tiempos pasados…Por consiguiente, tales misas votivas, que hasta ahora se han celebrado por fuerza y con fines de lucro y por interés de las prebendas, han sido suspendidas en nuestras iglesias. Al mismo tiempo se ha repudiado el error abominable según el cual se enseñaba que nuestro Señor Cristo por su muerte hizo satisfacción sólo por el pecado original e instituyó la misa como un sacrificio por los demás pecados, estableciendo así a la misa como sacrificio por los vivos y los muertos para quitar el pecado y aplacar a Dios.”

La Apología de la Confesión del Augsburgo, Artículo XXIV, Misa por los Difuntos: “Por cuanto la misa no es satisfacción ni por la pena ni por la culpa, ex opere operato, sin fe, síguese que su aplicación en favor de los muertos es inútil.”

Los Artículos de Esmalcalda, Tercera Parte, Acerca del Sacramento del Altar: “En cuanto a la transubstanció, despreciamos las agudezas de la sofistería que enseñan que el pan y el vino abandonan or pierdan su esencia natural, no quedando sino sólo la forma y el color de pan y no pan verdadero. Pues lo que está en mejor acuerdo con la Escrituras es que el pan está presente y permanece, como San Pablo mismo lo designa: El pan que partimos. De la misma manera: De este modo como del pan (1 Corintios 10:16; 11:28).”

En 1523, Martín Lutero publicó su Fórmula Missae o misa en latín. Lutero llevaba varios años escribiendo contra los errores de la misa romana. Su crítica a las ceremonias existentes no provenía de la indiferencia hacia las formas litúrgicas, sino de un deseo pastoral para las conciencias agobiadas por el exceso. Consideraba las formas indispensables, pues los dones del Espíritu Santo, la Palabra y el sacramento, no pueden administrarse sin ceremonias externas. Lutero creía que, a menos que Dios proveyera una liturgia mejor, la Iglesia debía apegarse lo más posible a las liturgias de su pasado, permaneciendo fiel a las Escrituras. El culto puede y debe expresar cierta continuidad con la Iglesia del pasado, ya que el Evangelio nunca se había desvanecido por completo de ella.

Dijo: “No es ahora ni ha sido nunca nuestra intención abolir completamente el servicio litúrgico de Dios, sino más bien purificar el que ahora se usa de las miserables acumulaciones que lo corrompen y señalar un uso evangélico” (LW 53: 19).

En general, la Fórmula Missae siguió fielmente la estructura, la secuencia y el contenido tradicionales occidentales de la Misa. Se caracteriza no por lo que Lutero añadió a la misa tradicional, sino por lo que eliminó. Dado que Lutero consideraba la idea del sacrificio de la misa como fuente de multitud de abusos, esto significó para él la supresión del ofertorio y las oraciones eucarísticas (acción de gracias). Fue en el ofertorio, dijo Lutero, donde la noción del sacrificio propiciatorio se hizo más evidente. Esto se debió a que las ofrendas del pueblo, que originalmente consistían en donaciones en especie (pan y vino, por ejemplo), se convirtieron en estipendios de misa (generalmente dinero), utilizados para comprar misas votivas.

Solo quedaron las palabras de la institución, ya sean dichas o cantadas en voz alta. Sin embargo, Lutero debe considerarse tanto dentro del desarrollo medieval como en contraposición a él. El énfasis en las palabras de institución en la iglesia occidental se remonta a Ambrosio de Milán. Sin embargo, Lutero no eliminó tantos elementos sacrificiales de la misa como a veces se afirma. Sin embargo, a partir de este momento, el énfasis en la Santa Cena se desplazaría de lo que hace la iglesia a lo que Dios da a los fieles.

Pero, la Apología de la Confesión de Augsburgo, Artículo XXIV, restablece el ofertorio y la oración de acción de gracias, si bien distingue cuidadosamente este sacrificio eucarístico del sacrificio propiciatorio de Cristo.

Lutero quería que el pueblo alemán dominara el latín, entre otros idiomas. Abogó por que la población alemana aprendiera y comprendiera las Escrituras en tantos idiomas como fuera posible, creyendo que esto les permitiría difundir la palabra de Dios a quienes fueran. Sin embargo, Lutero creía que podría comunicar mejor sus principios teológicos al público alemán adaptando la versificación natural del texto alemán a melodías explícitamente alemanas. Así, en 1526, Lutero publicó su Deutsche Messe o misa alemana. Se conservó algunos elementos de la misa tradicional, en concreto los himnos latinos estándar. Los himnos latinos que Lutero decidió conservar fueron elegidos estratégicamente para no reducir la inteligibilidad de la misa para el público alemán en general. Estos himnos se basaban en cantos llanos católicos bien conocidos. Dado que el texto y las melodías en latín de estos himnos habían sido estándar en las misas tradicionales, la mayoría de los alemanes que asistieron a la misa de Lutero ya estaban familiarizados con las partes en latín.

Sin embargo, la misa alemana de Lutero es bien conocida como la fuente del coro luterano. Generalmente el término música coral señala que hay dos o más cantantes por cada voz mientras que el término canción se usa para la música vocal con un solo cantante por cada parte. A partir del siglo XVI se empezó a usar el término coral para referirse al himno eclesiástico de la iglesia luterana. Es un canto sacro adoptado por Lutero para ser cantado por la congregación. La melodía es armonizada generalmente de manera sencilla a cuatro partes. Esta melodía es utilizada como canto principal o cantus firmus en la voz superior. El texto se canta en lengua vernácula, no en latín. La melodía puede ser nueva o estar basada en cantos conocidos y es armonizada de manera que los fieles puedan participar. El compositor más conocido por hacer uso de corales alemanes es sin duda Johann Sebastian Bach, quien, sin embargo, compuso muy pocas melodías con este fin; en realidad Bach hizo armonizaciones de melodías preexistentes, por ejemplo de Lutero, algunas de las cuales incluyó en sus célebres pasiones, en sus cantatas y en sus motetes.

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Su dominio del alemán permitió Lutero a reproducir poesía y prosa hebreas con ritmo y rima alemanes.

Lutero imaginó que el coral funcionaría como lo hacían los salmos bíblicos para el pueblo hebreo. Los primeros corales de Lutero simplemente reelaboraban varios salmos. Por ejemplo, quizás su más famoso, «Ein Feste Burg ist unser Gott» («Castillo Fuerte»), es una versión del Salmo 46. Lutero empleó los antiguos cantos salmistas y las melodías gregorianas de la iglesia medieval en la composición de los primeros corales, incluyendo los de la Deutsche Messe. Su dominio del alemán le permitió reproducir poesía y prosa hebreas con ritmo y rima alemanes. Estos textos rimados, sencillos pero doctrinalmente ricos, estaban destinados a facilitar la memorización de un laicado teológicamente empobrecido.

Desde la Reforma, el culto luterano ha incluido elementos de las misas latinas y alemanas de Lutero. Pero, fíjate, los luteranos celebraban la misa en latín y alemán antes del Concilio de Trento. La misa tridentina fue aprobada, no porque fuera en latín y los luteranos quisieran que todo el culto se celebrara en lengua vernácula. Más bien, reafirmó firmemente todos los aspectos de la misa romana a los que los luteranos se oponían.

¿Y qué hay del Concilio Vaticano II y el Novus Ordo? El Vaticano II se convocó para impulsar la renovación espiritual de la Iglesia romana y promover la unidad entre los cristianos. Modernizó eficazmente las formas de culto católicas, incluyendo cambios en la liturgia y restricciones a la misa tridentina.

En el Concilio Vaticano II se sostuvo que, «manteniendo vigente el derecho particular, el uso de la lengua latina debe conservarse en los ritos latinos». Se permitió el uso de la lengua vernácula en la liturgia, incluida la misa, pero el uso del latín siguió siendo normativo. En las décadas siguientes, tras la promulgación del Novus Ordo como la misa romana estándar, se concedió una autorización especial a la misa tridentina. El papa Juan Pablo II permitió que se siguiera usando. Asimismo, el papa Benedicto XVI declaró que se permitía «celebrar el Sacrificio de la Misa según la edición típica del Misal Romano, promulgado por el beato Juan XXIII en 1962 y nunca abrogado, como una forma extraordinaria de la liturgia de la Iglesia». La latitud concedida por estos papas anteriores fue en gran medida retirada por el Papa Francisco, quien impuso restricciones a la misa tridentina, requiriendo que los sacerdotes “que deseen celebrar utilizando el Missale Romanum de 1962, deben presentar una solicitud formal al Obispo diocesano, quien consultará a la Sede Apostólica antes de conceder esta autorización”.

Los luteranos confesionales podrían verse tentados a aplaudir la eliminación gradual de la misa en latín, dado que hemos tenido culto en lengua vernácula durante 500 años. Pero a pesar de los cambios superficiales, el Vaticano II no se arrepintió de ninguno de los errores doctrinales del Concilio de Trento. Más aún, los partidos dentro de la Iglesia romana que presionan en favor de una reforma litúrgica, de algún modo, están motivados por el deseo de redefinir la liturgia como la “obra del pueblo”.

Liturgia deriva del término griego leitourgia, que significa deber o servicio público. En la antigua Grecia, especialmente en Atenas, se refería a una forma de servicio personal al estado que los ciudadanos que poseían cierta cantidad de propiedades estaban obligados a realizar, cuando se les solicitaba, a su propio costo. Esto podía incluir la presentación de representaciones teatrales, concursos musicales y poéticos, la celebración de algunos festivales y otras funciones públicas. La esfera principal siguió siendo la de la religión cívica, encarnada en las fiestas. Significa servicio para el pueblo, no por el pueblo. Aunque la intención es apelar al igualitarismo moderno, la liturgia como “obra del pueblo” nuevamente hace que la adoración sea algo que los humanos deben hacer para ganar el favor de Dios.

Esto contrasta con las Confesiones Luteranas, que enfatizan la obra de Dios al dar su gracia al pueblo mediante el ministerio público. Los ministros de Cristo llamados y ordenados consagran los elementos y los distribuyen al pueblo, lo que significa servir en un cargo público en nombre del pueblo (Ap XXVI, 78-81).

Misericordioso Dios, Padre celestial, te rogamos por tu iglesia: Defiéndela del poder de aquellos que tú no le has enviado, y dale pastores que fielmente busquen tus ovejas esparcidas, las conduzcan al Señor Jesucristo, el Buen Pastor, y con diligencia les enseñen tu santa voluntad, de modo que toda obra injusta, todo herejía, toda cisma y falsa religión desaparezcan, y que en la unidad de la verdadera fe y en la confesión de tu querido Hijo, seamos en Él una sola cosa y vivamos en amor, para gloria de tu nombre y el bienestar de nuestro prójimo. En el nombre de tu Hijo, Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina contigo y con el Espíritu Santo, siempre un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.